miércoles, 26 de agosto de 2015

Nos debemos la vida.





Me doy las gracias por esas cosas que me atreví a hacer. Por disfrutar de ese momento.

Me doy las gracias por haberme dado la oportunidad de conocerte. De vivirte. Y de dejarte ir.

Doy las gracias por esos ojos, por esas preguntas. Por las amistades que duran años y por los amores de un verano.






Si apartara la practicidad de medir la vida en tiempo y lo hiciera en sensaciones rápidamente me daría cuenta de la eternidad que encierran ciertos instantes y de lo efímeros que pueden llegar a ser algunos años.

Sin obviar, claro está, que todo suma, que todo crea. Supongo que eso es lo maravilloso de la vida, que la escribimos con rotulador resistente al agua. Que los tachones no se borran, pero hacen que la siguiente página nos salga más bonita.

Y creo que es por eso por lo que tenemos que darnos las gracias, por atrevernos a vivir. A corazón abierto. Por atrevernos a sentir sin remordimientos. Por morder la esencia y dejar el resto.

Si hay algo cierto en todo esto es que el tiempo práctico, ese que vencimos unas líneas atrás, no va a esperar a que estemos dispuestos a abrazar el viento. Porque esa pregunta puede encontrar una mejor respuesta, porque esos ojos pueden elegir mirar hacia otro lado, porque las oportunidades se escapan y porque las cosas solo pasan una vez.

Y es por eso que elijo amar, a diestro y siniestro. De todas las formas que sea capaz. Elijo enamorarme de cada lugar y de cada persona que tenga algo esencial. ¿Y saben por qué?

Porque nos debemos la vida señores.



jueves, 14 de mayo de 2015

La Isla


A Azahara por abrirme las puertas de su casa, de su corazón, de su vida.




El mar transmite paz. Haber nacido cerca a él lo ha hecho imprescindible en mi vida. Y especialmente en esta etapa se ha convertido en el lienzo que observar cuando necesito dejar de mirar a los lados. Un lienzo vivo que tiene la capacidad de traer del fondo los minerales que necesito para entrar en calma.

Tal vez por eso La Isla era tan perfecta para mi. Un trozo de tierra rodeado de mar, rodeado de paz, en el que nada podía alterarme.





En aquella isla había una casa, entre muros  de piedra y ventanas verdes y aguamarina, con un orden preciso y un gusto exquisito. En aquel hogar contrastaba el tradicional huerto del vecino con las historias sobre Alemania, Suiza, Holanda… Y aquel contraste creaba una alegre sensación en la que se mezclaban los planes de futuro, las ganas de volar y las de permanecer cerca de lo más importante.

Fui a esa casa buscando un abrazo que me supiera al pasado y encontré algo mejor. Una persona nueva, cuyo recorrido habíamos compartido en un punto que hizo que nuestros caminos se cruzasen. Y ella formaba parte de esa casa, de ese huerto, de esa isla, y de esa sensación que a mi me provocaba.

Las ganas de construir sueños, de seguir caminando.





El problema de volver fue ver como a través del mar se iba colando la tierra y con ella las preocupaciones, los problemas y las noches sin dormir.






Pero desde la tierra me he dado cuenta de que es cierto eso que piensa Azahara sobre que el encanto que tienen los muros de piedra se debe a que alguien dedicó su tiempo y esfuerzo a construirlos poco a poco. Y al final me ha venido de golpe la idea de que La isla es algo que cada uno tiene que construirse en su mente, en su vida.

Un espacio mental al que acudir cuando el mar no está cerca, o cuando los estímulos están lejos. Un lugar que funcione como una casa ordenada con láminas de Paula Bonet. O  un rincón de paz que pueda rescatarnos de las tempestades.

Porque al final los sueños sobre el futuro, la paz del mar y las historias sobre Alemania no se alcanzan cogiendo un avión, sino construyendo muros de piedra.

Buenas noches, sean felices.



martes, 24 de marzo de 2015

Migratoria



Yo, desde los ojos de Alba



Qué bonito es coger tres cosas, ponerte las botas y largarte lo más lejos que puedas. Echar a andar y ver el mundo desde otra esquina, sobre otras calles, entre otras miradas. Qué bonito es entender que existen tantos mundos como ojos que observan, tantos sentimientos como corazones que laten y tan pocos idiomas como risas que se comparten. 


Qué curioso es darse cuenta de  que al mirar desde otra ventana, el mundo entero cambia de sentido. De que los pájaros vuelan de otra forma y de que cambiar de perspectiva cambia todo lo demás.


Amsterdam, desde los ojos de Ana.


Aterricé en Holanda con la vista puesta en su exquisito orden, entre el desorden de las bicicletas impacientes. Me topé con personas más de fuera que de dentro, que estaban allí de siempre o de paso, o tal vez como yo, que de repente empezaba a dudarlo.

Me asome a esa ventana, y , sin pretenderlo, me deje seducir por un país que contemplaba  datos más esperanzadores que los que me aguardaban a la vuelta. Me encontré un país con menos de un 8% de paro y un salario mínimo interprofesional de 1.500 €. Y me sentí inmigrante, empatizando de golpe y porrazo con todas esas personas que vemos como un número, una masa en movimiento que da vueltas por el mundo sin saber cuál es su sitio. Pero decidme ¿quién lo sabe? Al fin y al cabo todos somos inmigrantes del mundo buscando una oportunidad, aquí o más allá.


Y sin embargo, sigue habiendo fronteras, gente non grata y pases VIP para personas que aterrizaron en el mundo de la misma forma que todos los demás. Pero que absurdo me parece el hecho de sentirse con un derecho superior porque el azar te hizo nacer en una tierra, y que una bandera se convierta en trinchera y arremeta a cañonazos con quien tan solo busca una oportunidad en la vida.


Buenas tardes, sean migrantes. 


miércoles, 25 de febrero de 2015

Escuadra y cartabón





Creo que allá fuera debe haber personas como yo. Personas cuyas cabezas hicieron con escuadra y cartabón, que se esfuerzan en establecer categorías y en hacer que encaje todo lo que nos rodea dentro de ellas.

En parte creo que es más bien una manía del ser humano, empeñarse en ponerle etiquetas a las cosas. Definiciones compuestas por palabras, nombres formados por letras, con principio y fin, con un significado socialmente acordado. Nos encabezonamos en ponerle nombre a las emociones, a los sentimientos y hasta a las relaciones. Les colgamos un cartelito, les construimos una explicación y los metemos a golpes en cajones con candados para asegurarnos de que no se moverán de ahí. Como si eso fuera posible. Como si la vida no implicara cambio y evolución. Como si las sensaciones se pudieran medir. O como si de verdad creyésemos que por ponerle un nombre a un sentimiento lo hiciésemos invariable.

Y lo peor no es eso. Lo peor es que cuando establecemos esas categorías lo hacemos con unas expectativas. Esperamos que las cosas que guardamos dentro de esos cajones se comporten de una forma concreta. Y cuando no ocurre así nos decepcionamos. Pero lo cierto es que nada es tan previsible, ni las personas, ni las relaciones, ni los sentimientos.  Y si lo fueran serían infinitamente menos divertidos. Es mucho más sano dejarse llevar, aceptar lo que pueden darnos los demás y absorber todo lo positivo, sin forzarlo. Sin exigencias y sin candados.

Porque es verdad que debe haber personas como yo que tengan la mente cuadriculada. Pero también es verdad que en un cuadrado cabe un número infinito de figuras. Y que además, siempre estas a tiempo de coger lápiz y goma y volver a dibujarlas.


Buenas noches, sean felices. Siempre.

miércoles, 14 de enero de 2015

Midiendo las distancias





Llega un momento en el que todos decidimos ampliar los metros que nos separan de una persona, o de muchas. Aunque eso no tenga que implicar necesariamente movernos del sitio en el que estamos.

Hay distancias que no elegimos, que otros deciden por ti, o por sí mismos, y que no nos queda más remedio que aceptar. Y otras que escogemos nosotros porque nuestros pasos tienen que avanzar en otra dirección, o tal vez, retroceder.

Sea como fuere hay algo que creo que tendré presente a partir de ahora, algo que unos ojos claros con rumbo a México me dijeron hace poco: Hay dos formas de vivir, haciendo la lista de los pros o haciendo la lista de los contras. La vida se va a encargar de traernos todos los contras, así que es más lógico ocuparnos nosotros de los pros.
Y ya se que la distancia nos da miedo, pero habrá que sacar lápiz y papel.

Porque a veces tenemos que apartarnos un poco del fuego para calentarnos sin quemarnos, y porque, en ocasiones, esos metros de distancia pueden acercarnos más a esas personas, a otras, o a nosotros mismos.

Y es que creo que cuando ampliamos las distancias por un lado, las estamos estrechando por el otro.

Buenas tardes, sean felices.


lunes, 8 de diciembre de 2014

Ocho de diciembre




Aquí estoy otra vez, en ese día en el que quedamos tu, el mar y el cielo; y quien me trajo a ti, como dice la canción. Aunque lo cierto es que no se quién me trajo a ti, solo se que apareciste y contigo una versión de mi que disfrutaba cuando estabas cerca. Cuando jugábamos a las situaciones imposibles, cuando cantábamos y cuando hacíamos arder al teléfono de tanto escuchar hablar de nuestros amores improbables.

Te fuiste. Un mal día de diciembre, mientras yo esperaba al otro lado del teléfono. Y no volviste, por más veces que yo lo desee deshecha en lágrimas. Te seguí buscando, en mi desesperación, hasta casi perder la esperanza.

Te encontré, y hoy ya se dónde estás. Mi luna. Eres ese lugar que está ahí permanentemente, y que se puede ver cuando esperas a que se haga de noche. Somos tu y yo, muy lejos de aquí, cuando yo era otra yo y cuando tú eras solo tú. Tú y yo, con nuestra historia cerrada, invariable, a kilómetros de aquí. Como la luna.


Y desde entonces te hablo de vez en cuando, sin importarme si es de noche o de día, sin saber si ha salido ya la luna, o si sigue perdida por algún país del norte. Me da igual, porque sé que no se irá a ninguna parte, como nosotros. Como nuestra historia. Como la luna. Eternamente perfecta.





martes, 25 de noviembre de 2014

Enhorabuena.

Alba Claverías, un trocito de luz



Hay algunas cosas que se que no haré en mi vida, como por ejemplo un triatlón. Sin embargo no puedo decir que se deba a que no sepa montar en bicicleta, ya que nunca le he puesto el ímpetu necesario para conseguirlo. Y es curioso porque si me volvieran a pedir recorrer Berlín en bici no dudaría en decir que sí.

Parece algo absurdo y en cambio para mi es algo fundamental. Darnos cuenta de lo flexibles que son los limites que nosotros mismos nos imponemos, de lo frágiles que pueden llegar a ser si decidimos romperlos y al mismo tiempo la fortaleza que pueden suponer si decidimos mantenerlos.

Hasta hace poco no podía imaginarme hasta qué punto nos condicionamos por nuestras propias autoafirmaciones. Por comunicarnos mal con nosotros mismos. Afirmaciones tan aparentemente absurdas como "no soy una persona creativa" nos lleva efectivamente a no serlo, o "soy una persona celosa" nos lleva justamente a alimentar esa inseguridad con nosotros mismos. Y es mucho más fácil de lo que parece reinventarse, dotarse de valoraciones nuevas que te hagan despegar y sobre todo: descubrir. Sentirnos tan orgullosos como el día en el que nos quitaron las ruedecitas de la bici y supimos por primera vez a qué sabía la libertad.

Después de un noviembre frenético he elegido este momento para deshacerme con un bombón de Lindt y decirme bien bajito "enhorabuena campeona". Y creo que es justo esa complicidad con uno mismo es la clave que nos impulsa a seguir batiendo límites.
Y es que nos hace mucha falta pararnos a agradecernos que sigamos luchando, combatiendo miedos, reafirmando esperanzas y alcanzando trocitos de ese cielo que ansiamos tocar y que nos sigue esperando, aunque sea lejos.

Buenas tardes, sean felices.